¿Queremos la lengua que hablamos?

¿Queremos la lengua que hablamos?

Todas aquellas personas que empleamos el idioma español o castellano, nos valemos de él para comunicarnos en forma oral o escrita, incluso me atrevería a decir que es nuestro amigo fiel, que es parte de nuestra vida. Pero; ¿En realidad lo conocemos?; ¿Disfrutamos de su compañía?; ¿Estamos con él en las buenas y en las malas?; ¿Lo valoramos?, ¿Lo respetamos?.

Al leer el libro de Álex Grijelmo, Defensa apasionada del idioma español, considero que nuestra lengua no merece el trato que le damos. ¿Conocemos nuestro idioma, sus reglas gramaticales y de uso para producir mensajes comprensibles en nuestro diario vivir? Reconozco que no. El idioma español, en mi vida, ha sido gratificante, me intereso más por estudiarlo, comprenderlo y asumirlo porque me pertenece. Me preocupo cuando se cometen errores de concordancia en las oraciones para formar un párrafo, que luego se convertirá en un documento determinado que será leído por alguien que quizá no lo entienda. El problema es gravísimo, sobre todo en la juventud.

Álex Grijelmo describe una serie de situaciones que reflejan la realidad actual sobre el tema: el menosprecio y por consecuencia, la apatía por conocer nuestro propio idioma.
Como profesora de la materia, por más de cuarenta años, lo he vivido directa e indirectamente en los distintos niveles de estudio, de condición social y económica de estudiantes. Esas situaciones son iguales al encontrarlas en calles valencianas, caraqueñas, guayanesas, o zulianas, se ven vallas publicitarias, avisos, documentos, periódicos, con palabras, oraciones, textos, con fallas en la redacción, y con errores de ortografía como por ejemplo:“torta zuisa”; “ce vende”; “univercidad”; “atraves”; “extructura” y ni se diga de las leyendas en paredes y mensajes de celulares; lo que hace que ante la duda, por la frecuencia de su uso, se haga necesario consultar el diccionario, que para mi es el mejor amigo del hombre, para comprobar cómo se escriben esas palabras y otras a las cuales les veo algo raro; como razona Grijelmo “los fallos del lenguaje muestran en la superficie de la alberca la falta de depuración del fondo”.

No es posible que los medios de comunicación, ni personajes públicos, docentes, estudiantes, profesionales de diversa índole, como por ejemplo, los transcriptores de textos, no se den cuenta de la labor titánica que tenemos que realizar todos los que consideramos al idioma español como artífice de expresión de nuestros pensamientos. Imagínense la cantidad de problemas que ha tenido y sin embargo, sigue allí, luchando por mantenerse firme y acorde a la evolución de los tiempos. Y en este planteamiento me apoyo en lo que opinó el insigne venezolano Andrés Bello: “El adelantamiento prodigioso de todas las ciencias y las artes, la difusión de la cultura intelectual y las revoluciones políticas, piden cada día nuevos signos para expresar ideas nuevas, y la introducción de vocablos flamantes, tomados de las lenguas antiguas y extranjeras…” . Es evidente la necesidad progresiva de comunicarnos, agentes como el avance de la tecnología, la globalización, la pluralidad de culturas; los descubrimientos han permitido que el idioma español sea permisivo y acepte una gran cantidad de palabras nuevas.

Continuando con las grandiosas reflexiones de Bello, quien es fiel representación de lo que digo: “Hay otro vicio peor, que es el prestar acepciones nuevas a las palabras y frases conocidas, multiplicando las anfibologías de que por la variedad de significados de cada palabras adolecen más o menos las lenguas todas… pero el mayor mal de todos, y el que, si no se ataja, va a privarnos de las inapreciables ventajas de una lengua común, es la avenida de neologismos de construcción, que inunda y enturbia mucha parte de lo que se escribe en América, y alterando la estructura del idioma, tiende a convertirlo en una multitud de dialectos irregulares, licenciosos, bárbaros…”

Luchemos contra ellos, de manera que mantengamos la esencia del español, porque si nuestra lengua es herida, nosotros también. Ayudemos a los que están confundidos o presionados quizás por la sociedad, que los hace ser cómplices de los que comulgan con la ordinariez y degradación del Idioma. Es preciso motivarnos a querer y más aún, “amar” a nuestro idioma. “Somos humanos y por eso cometemos errores”, dirán algunos; “no somos perfectos” dirán otros; pero unos pocos dicen: “pero podemos llegar a ser excelentes, incluso en el uso de mi idioma”.

El reto de mejorar nuestras relaciones con el español es individual, y si de verdad luchamos, se convertirá luego en un desafío colectivo que poco a poco dará sus frutos. Uno de los problemas que, personalmente, debemos atacar es la falta de incentivo en los estudiantes de cualquier nivel educativo. Debemos actuar de manera sostenida y directa para eliminar paulatinamente algunos comentarios que escuchamos cotidianamente en las calles de nuestra ciudad, vecindario o lugar de trabajo: frases como: “¡Qué fastidio estudiar literatura!”; “Me da flojera la gramática”; “Papá: ¿cómo se escribe esta palabra?; “Mamá: ¡el maestro me raspó el examen de castellano!”.

Los docentes deben automotivarse, querer ser mejores, preparase cada día más, investigar las causas de este problema, diseñar estrategias para mejorar la enseñanza de la lengua y la literatura y transmitir ese entusiasmo a sus alumnos. Y eso debe darse desde la educación inicial.
“Una palabra mal colocada estropea el más bello pensamiento”
Voltaire

Prof. Micaela Trías

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